El pueblo minero de El Corpus, en 1700, pudo haber sido el último rincón venido a menos del imperio español en América, por lo menos sus dos tabernas quizás lo hacían el lugar más cosmopolita de la provincia de Honduras, una de las tabernas estaba ubicada en el barrio del Pitiguao (de imprecisa ubicación en la actualidad) estaba regentada por un inglés llamado Juan Andresen o John Andresen o Andressen, salido a saber de qué tugurio ingles porque de la cámara de los lores es dudoso.
Por supuesto, el inglés John Andressen, o como sea que los lugareños le llamasen no era el único extranjero en esa zona, otros individuos quizá ingleses como el tabernero, también probaban fortuna en la extracción de metales.
En la cosmopolita taberna del inglés, donde los operarios además se gastarse el salario en bebidas y juegos de azar se realizaban otras transacciones comerciales y como “moneda de cambio” utilizaban pelotillas de oro, y este metal no pagaba el quinto real (impuesto a la real hacienda), lo más seguro es que terminaba alimentando el contrabando con los anglosajones de la costa norte hondureña, siendo este un constante problema de la corona española. Eso sin soslayar que era prohibido la permanencia en el imperio español a todo extranjero, con señalamiento especifico a los detestados súbditos ingleses, los asaltantes, piratas, corsarios y contrabandistas de siempre.
Y por si fuera poco nadie parecía respetar las reglas, tanto las normas y reglamentos administrativos de gobierno, como las que buenamamente la iglesia y la corona se desvelaban por fomentar en beneficio de la “moral y buenas costumbres” de aquellos lejanos y olvidados súbditos. Las mismas autoridades españolas incumplían las leyes, pues el alcalde mayor de Tegucigalpa, la máxima autoridad de la región y su teniente tenían sus amantes en el centro minero de El Corpus; y lo más grave es que la amante del teniente de alcalde mayor era una mujer casada.
Para empeorar las cosas en ese pueblo minero sendos incendios habían destruido buena parte de la infraestructura y atrasado la producción de metales, el primero de estos incendios había ocurrido en 1688, en esa conflagración se destruyeron las Casas Reales y otras de particulares, conflagración en que perecieron algunas personas con pérdidas económicas en la producción minera, rubro principal de la economía local, con la consecuente merma de las rentas reales.
Sin duda tal estado de calamidad respondía al grado de corrupción y violaciones a las normas por parte de las mismas autoridades regionales.
Los reales de minas y su vida caótica
Durante el dominio español, los reales de minas y ciudades de ellos nacidos, comento alguna vez Vincens Vives, fueron probablemente las más ricas, caras y turbulentas del mundo”[1] a la orden del día estaban los burdeles. casas de juego, tahúres y aventureros. Con toda esa gente de la peor ralea, merodeando en los centros urbanos, la violencia, las peleas y los motines, fue la consecuencia natural. La descripción que brindo Vincens Vives era más apropiada para centros mineros de gran envergadura como los del Perú o de México.
Pero en la alcaldía mayor de Tegucigalpa que en el periodo colonial comprendía el territorio de los actuales departamentos de Francisco Morazán, Choluteca, el Paraíso y parte del de la Paz, también fue asunto cotidiano: los motines y conatos de motines, amancebamientos o amores prohibidos, corrupción y crímenes de toda clase, no fue una sociedad bucólica como se ha querido dar a entender.
La alcaldía mayor de Tegucigalpa de acuerdo con Mario Felipe Martínez Castillo:
“ocupaba una extensión cerca de 20,000 kilómetros cuadrados y además de Tegucigalpa existían en su ámbito geográfico dos importantes villas de españoles la villa de Jeres de las Cholutecas (erigida como tal desde principios del Siglo XVI) y la Villa de Danlí (Fundada en la centuria posterior y elevada a tal categoría en 1791) Comprendía también 45 pueblos de indios, 7 minerales de plata y de oro, 5 valles poblados de estancias con crías de ganado mayor y menor, una población que al momento de la independencia llegaba a 45,000 personas entre españoles, mestizos, indios, mulatos y pardos[2]”.
Como los escándalos de corrupción, incendios y sonados amancebamientos en aquel lugar eran tales, que llego a oídos de las autoridades de la capitanía y audiencia de Guatemala, por lo que se determinó hacer una averiguación pormenorizada de tan caótica población; en septiembre de 1699, se comisiono a Juan Jerónimo Duardo, (oidor y alcalde de corte de dicho tribunal) para realizar una “visita” en esa población.
En el nombramiento de Juan Jerónimo Duardo se leía que se le daba comisión por parte de:
El señor de Presidente de Guathemala para la restauracion de este mineral y sus Cajas Reales y jues en virtud de Real Cedula de su magestad para la aberiguacion de la usurpacion de quintos Reales exttavios de asogues y otros excesos cometidos en dicho mineral; Dijo que a Reconosido y es publica voz y fama que don Santiago de Berroteran Alcalde mayor de este dicho mineral y su theniente Juan Antonio Galindo an sido causa de la ruina y destruccion del, en que asido perjudicado su Magestad y el vien comun de sus vazallos por los deshordenados prosedimientos de los susodichos alcalde mayor y theniente[3]…
Para averiguar acerca de los procedimientos y excesos cometidos por tal alcalde mayor, se redactó un interrogatorio de catorce preguntas que los testigos debían de contestar para sacar en claro que era lo que en verdad acontecía.
La primera pregunta no dejaba duda, se preguntaba a los testigos, si sabían que la total ruina de El Corpus se debía a los “desordenes y faltar a la justicia” por parte del alcalde mayor y su teniente. Otra pregunta del interrogatorio deja en claro además que el alcalde mayor era quien mantenía las dos tabernas en El Corpus y ello explica la presencia de los ingleses, además, especulaba con los víveres de subsistencia, las leyes de Indias prohibían que las autoridades coloniales tuvieran parte en cualquier tipo de negocios para evitar la corrupción y algún tipo de componendas, o conflicto de intereses que atrasaran o influyeran negativamente en el buen desempeño de su gestión administrativa.
Sobre el asunto de los incendios, la pregunta N° 8 del interrogatorio, que no importa tanto sobre la causa y el origen de los culpables, si es que hubo mano criminal en ellos, lo relevante; es la mención de una población mulata en ese centro minero, al respecto de esto se indagaba lo siguiente:
8ª Ytten si saven que fue grande ocacion del ynsendio, como de la quema y de la destruccion de tantos caudales como se perdieron el haver permitido el alcalde mayor que se yntterpolazen y fabricasen ranchuelos y casettas de negras, mulatas y jente baja del mal vivir entre las casas de los mercaderes y vecinos, que en dichas casillas se hazian cosinas donde con deshorden andava el fuego por ttener granjerias en hazer de comer dichas mulatas y negras; y si saben que de una de esas casillas de mugeres de mal vivir se ocasiono el ynsendio primero digan…
El juez pesquisidor: demasiado legalista, demasiado blanco, demasiado español, demasiado urbanista; no entendía que aquellas mulatas estaban ganándose la vida con sus cocinas; donde lo más seguro la clientela eran los mismos operarios y más de algún propietario de minas y muy probable que también los ingleses de los que se mencionan en la denuncia fueran clientes asiduos en las cocinas de las mulatas.
Mujeres de mal vivir las llama el juez visitador, cualquier habitante del siglo XXI de la Honduras actual, sabe lo que es un mercado tradicional como para imaginarse el panorama en El Corpus en el momento del aquel incendio. La acusación de “mujeres de mal vivir” sin lugar a dudas era un estereotipo de la época, por el carácter gracioso y expansivo de estas mujeres.
Los testigos presentados en esta pesquisa confirmaron los abusos de las autoridades, la presencia ilegal de los ingleses, los negocios turbios y amancebamientos de las autoridades de la provincia, y sobre el asunto de los incendios, se dijo que uno empezó en la cocina de las mulatas y otro fue provocado por un mulato que respondía al nombre de Francisco; en cual fue entregado a las autoridades para que diera cuenta de aquello.
El mulato, carpintero de oficio, no era pirómano estaba enardecido y se sintió estafado, los testigos entre ellos Francisco Gil de Berrios, José de Acuña, Francisco de Ozaba, coinciden en que Gabriel de Echevarría (quien un par de años después pese a estar mencionado en estos asuntos turbios sería nombrado alcalde mayor de la provincia) había contratado los servicios del mulato y se negó a pagar por el producto de su trabajo, lo que provocó la molestia del artesano, quien según los testigos en represalia le pego fuego al lugar.
Luego de las pesquisas y de la redacción del informe es de pensar que hubo algún tipo de juicio al “mulato enardecido”, pero es curioso que en el Archivo Nacional de Honduras (ANH) no hay documentación alguna que hable de estos espinosos asuntos del mineral de El Corpus, se sabe que en el Archivo de Indias (AGI) están los juicios de residencia tanto del alcalde Santiago de Berroteran y el de Gabriel de Echevarría, documentación que amerita su exhaustiva revisión para saber si estos funcionarios recibieron alguna sanción por su mal proceder.
Lo más seguro y como era y es asunto cotidiano en la Honduras actual, la justicia solo se aplica al pobre, si el mulato fue hallado culpable seguramente le decretaron una sentencia, muy pero muy drástica…
Omar Valladares
22/10/2021
[1] Véase el libro del autor Jaime Vicen Vives. Historia de España y America social y económica Tomo III los Austrias Imperio Español en America. Editorial Vicens Vives, Barcelona. también puede consultarse de Murdo J Macleod. Historia Socioeconómica de la América Central Española 1520 – 1720 quien menciona que la gente de Tegucigalpa era muy dada a los motines, estafas y amancebamientos
[2] Martínez Castillo Mario Felipe. Apuntamientos para una historia colonial de Tegucigalpa y su Alcaldía Mayor. Editorial Universitaria (UNAH) Tegucigalpa, 1982, p. 11
[3] AGI. Escribanía 379 A. Visitas de la Audiencia de Guatemala. Testimonio de los autos hechos por el Lic. Juan Jerónimo Duardo oidor y alcalde corte de la audiencia de Guatemala visitador que fue al real de minas del Corpus y sus reales cajas folios 1 y ss